Lenguas viperinas me dijeron que Lovochancho ha dejado botando todo y se ha ido de larga vacaciones a las Islas Encantadas. No puedo más que echarme una carcajada cuando el propio acusado de vacacionista compulsivo no se cansa de repetir que su residencia en el planeta Tierra es perenne jornada de reflexión al grito de muera la esclavitud moderna. Lo que sí sé es que el señor Lovochancho está de paseo por las islas Galápagos, pues, como es su saludable costumbre, a donde fuere nos envía fotografías de lo que le viene en gana. A continuación colgamos las imágenes de “Lobos de mar durmientes”.

“Madre y crío aprovechan el lecho artificial que arrulla su intimidad”, Lch.

“Bajo la banca del puerto en la que me encontraba horizontal plegó a la siesta este compañero de las Islas Encantadas”, Lch.

“Este joven lobo de mar prefirió descansar sobre las alfombras del corredor de embarque del puerto”, Lch.

«La foca subió apurada por la rampa de embarque y no tuvo empacho en ir a por la banca de sus sueños» Lch.

El Garrapatero
Apenas llegando a la cocha de agua dulce que está detrás de la playita de El Garrapatero, y fue encontrarme de una con los esquivos flamencos que las buenas gentes me habían dicho que si andaba con suerte vería uno o dos, y si no nada. Esa advertencia había hecho que vaya posponiendo mi visita a El Garrapatero, e incluso pensé descartar esa opción de andar y ver ya que sólo la presencia de esas aves la animaba. Para hermosas mañanas playeras de abundante fotografía salvaje, tenía a mano la amplitud de Bahía Tortuga, aunque con la ausencia de los hipersensibles flamencos. Por fin me decidí a ir a por ellos el último día en Galápagos, así quemaba las naves, si no los hallaba en la única apuesta para ello, su avistamiento se pospondría para un próximo viaje a otra de las Islas Encantadas. Los buenos augurios empezaron desde el corto sendero adoquinado de aproximación a la playa, estaba solo en la mañana temprana, no me topé con ningún turista paloselfie en el trayecto, y este estado de gracia continuó hasta que asomaron los flamencos en la charca bendita. Fue avistarlos y desenfundar a la veterana Nikon D80, la colgué en el cuello listo para disparar instantáneas con el mayor sigilo posible camuflándome en unos arbustos. Empezó el sudor de mis ojos miopes enfocando con el lente 18-135mm que me ha servido dándome grandes satisfacciones, pero no sin que de por medio haya lucha para ponernos de acuerdo en la mejor captura del objetivo fotográfico. Me dirigía hacia la foto del mes cuando una cigüeñuela dio la campana, alzó el vuelo con tanto escándalo que provocó que los flamencos den media vuelta y se dirijan raudos al fondo de la laguna, arruinando mi ya a estas alturas obsesión con lograr un retrato, de pies a cabeza, de al menos uno de ellos -maldita cigüeñuela, no era la primera ocasión en que salía chillando como si fuese a degollarla-. No así el patito que posó sin objeciones para un primer plano.

Me retiré a rumiar mi parcial derrota en las arenas cobrizas de El Garrapatero. Tenía fotos de los flamencos, pero de espaldas y cual manchas rosadas de una acuarela.
Luego hallé caletas con piscinas que invitan al ensueño, donde pescan las garzas de lava y sobrevuelan rasantes los pelicanos de cuello café.
Detrás de la rocosa orilla se hallaba el tupido bosque de manzanillos como una barrera infranqueable. Los pinzones de Darwin y los cucuves no faltaron, tampoco el atrapamoscas de pecho amarillo, su curiosidad hacía que revolotee en mi torno ya picoteando en la visera del lente de la cámara, ya posándose en mi testa.
Quince minutos antes de encaminarme por el sendero de regreso al parqueadero donde me aguardaba el transporte que pacté para que me saque a las dos de la tarde de El Garrapatero, hice mi tercer y último intento de capturar un retrato decente de flamenco. De nuevo me hallaba como al principio de la mañana, solo frente a las aves que absorbían microorganismos en mitad de la charca. De repente, vi a un flamenco separándose del resto, dio rápidas zancadas por el flanco izquierdo con dirección a mi orilla, y acabó colocándose a menos de cinco metros de distancia del lente. ¡Fuego fotográfico a discreción!
La Estación Charles Darwin y algo más
La Estación, como se llama a secas al espacio selvático que alberga la infraestructura de la Estación Científica Charles Darwin y al Centro de Crianza de Tortugas Terrestres, es para detenerse con calma una y otra mañana, o una y otra tarde, combinando las visitas con caminatas allende la playita de surfistas, La ratonera. Así avisa el explorador Lovochancho que nos envió fotografías y comentarios al respecto.

“El símbolo de la Estación Científica Charles Darwin, y del Parque Nacional Galápagos, es la tortuga gigante endémica de las islas, que en realidad son varias especies. Acá no se trata de mero entretenimiento zoológico sino de tomar conciencia de qué es un centro de recuperación y crianza de tortugas galápagos. La idea que se plasma en la práctica es repoblar, en las distintas islas del archipiélago, sus especies endémicas de tortugas gigantes. Con la depredación humana también vinieron especies animales y vegetales invasoras, portando consigo enfermedades y la mengua de los ecosistemas originales, esto ha hecho que la lucha por preservar a las Islas Encantadas sea constante. Tarea ardua de científicos, funcionarios y voluntarios que empieza con la eclosión y crianza de las tortugas bebes, que son levantadas hasta los cuatro años o más en cautiverio hasta que están listas para subsistir en la durísima existencia que les aguarda en libertad. El medio ambiente que las rodea durante su crecimiento es similar al que encontrarán afuera, pues, las instalaciones de la Estación, están inmersas en la espesura del Parque Nacional que provee el alimento esencial de sus huéspedes”, Lch.



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